domingo, 11 de diciembre de 2011

Poema para esconder tesoros



Como en el cuento de Poe, procura que sea un sitio tan evidente que nadie piense que en él puede haber un tesoro escondido. El ojo de una cerradura, el fondo de un vaso, el vano de una ventana, la distancia que hay entre dos bocas que acaban de besarse o que todavía no hayan empezado a hacerlo. Una vez que hayas escogido el lugar para esconderlo, dibuja el plano sobre una hoja que arrastre el viento y mientras lo hace: en ningún caso servirá arañar el plano con jugo de moras y volverla a soplar para que la brisa se la lleve; quien le hace trampas al viento no solo pierde ese tesoro sino sus tesoros pasados y futuros. Es cierto que cuando, con las primeras nieves del invierno, se pudra esa hoja (o para ser más exactos: recobre su blancura originaria), el tesoro no solo se volverá inencontrable,  sino que dejará de existir. Pero eso no tiene que preocuparte: tener un tesoro que ha dejado de existir es un tesoro mayor que tener un tesoro que todavía existe; y, además, es mucho más fácil de esconder: bastará con que abras las manos y las tengas amantes y ofrecidas.

                                                             Jesús Aguado


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